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Agenda privada Por Miguel Levy Introducción Estamos a tres años del inicio de la crisis de las hipotecas sub-prime. En aquel 2008 nos animaos a esbozar, en las ediciones de la revista Portfolio de Agosto/Setiembre y Octubre/Noviembre, la hipótesis de que las decisiones individuales, tanto del lado del otorgamiento como de la demanda de créditos, y particularmente en lo referente al tratamiento del riesgo, estaban en la génesis de dicha crisis. Nos preguntamos cómo ha cambiado hoy día, si es que lo ha hecho, la percepción del riesgo tanto a nivel académico como práctico, en este tiempo que vivimos que podríamos llamar de confusión financiera o de desarrollo de la crisis en una nueva fase (problemas de deuda soberana y débil recuperación económica, con señales claras de desaceleración). ¿Qué está pasando? A nivel académico, largas y sustanciosas discusiones se han suscitado buscando la redefinición del rol del riesgo en Finanzas, la validez de los modelos y cómo ajustarlos (en particular el VAR) y, en el área de la Economía Financiera, la necesidad o no de aumentar los controles al sistema financiero. Incluso algunos autores están proponiendo definir la insuficiente consciencia y medición de los riesgos como un riesgo financiero en sí mismo, agregando untito adicional a los ya clásicos riesgo de crédito, operacional, de liquidez, de contraparte, etc. De esta manera, la academia navega en una nebulosa, con pocas definiciones y evidenciando una gran desorientación conceptual. No obstante, insistimos en que no fue la teoría ni las modelos lo que falló, sino aspectos prácticos en la toma de decisiones personales y organizacionales. El ambiente de euforia que se vivía antes de la caída de Bearn Sterns, en marzo de 2008, eclipsaba la correcta percepción del riesgo por los tomadores de decisiones, que no dudaron en apalancarse y sobre-exponerse. Finalmente, cabe señalar que toma fuerza, a nivel académico, la llamada “Behavioral Finance”, disciplina que emana de las Finanzas y de la Psicología, que estudiará este problema y otros relativos al comportamiento del inversor, el consumidor, y restantes agentes económicos. A nivel práctico, se aprecia poca evidencia de un cambio sustancial en los comportamientos. En una encuesta realizada durante el primer trimestre de este año por Treasury Strategis Inc. de Estados Unidos, en la cual se entrevistaron a 160 tesoreros corporativos respecto a sus políticas de inversión en el mercado de dinero, destacamos de un set de preguntas, el siguiente resultado: Consultados sobre si trabajan con un límite máximo de exposición a un solo fondo, como porcentaje de sus inversiones totales, el 56% respondió que no; Si tienen un límite máximo para invertir en una misma familia de fondos, el 70% manifestó que no lo tiene; Si tienen un límite máximo definido para invertir en un mismo emisor, el 75% contestó que no; Si consideran un mínimo de rating crediticio para invertir, el 16% respondió que no. Del restante 84%, un 81% aseguró que sólo considera calificaciones AAA- Aa. Si tienen un límite máximo para invertir en papeles emitidos por un mismo país, el 75% respondió por la negativa. Salvo, en alguna medida, en lo referente a las calificaciones o ratings crediticios, parecería que no existen políticas de análisis de riesgos de contraparte al momento de invertir por los profesionales de las tesorerías corporativas. Esta evidencia empírica nos llevaría a indagar las causas de esta ausencia, intentar explicar por qué razón la que fue calificada como la peor crisis financiera desde el colapso de 1929 parece no provocar cambios que serían obvios a la hora de definir las lecciones a aprender. Conclusiones Lo que este research nos muestra a nivel de las tesorerías corporativas, bien puede inferirse también para las decisiones financieras individuales de cualquier naturaleza. ¿Qué políticas personales tiene un inversor para colocar el fruto de sus ahorros y qué prevenciones toma? En ese marco, ¿qué pasa si un fondo, atractivo en sus niveles de rentabilidad, tiene en su constitución deuda soberana de Grecia? Y conste que Grecia está expuesta en los medios, pero ¿si la oferta son bonos de Holanda o de Noruega? ¿Qué sabemos y qué hacemos? ¿Nos auto-imponemos topes máximos, analizamos el riesgo de la contraparte? ¿O preferimos caer en el lugar común del “fly to quality” e invertir en oro o en activos en dólares, pase lo que pase en Estados Unidos? En otros aspectos, ¿en función de qué variables definimos nuestros niveles de gasto de consumo? ¿Tenemos en cuenta el ambiente económico y su proyección? ¿Lo hacemos en función del ingreso permanente o sólo del actual? Todas estas interrogantes ameritan entrar en el estudio de comportamiento financiero en el marco de la nueva disciplina antes mencionada, lo cual excede esta nota. Pero era nuestra intención provocar la reflexión. Y eso porque, tal como manifestamos en la introducción a este artículo, estamos viviendo un ambiente de post-crisis-sub-prime y entrando en una fase de crisis de deuda y nivel de actividad ralentizado. Más tarde o más temprano, debemos aprender las lecciones de las crisis vividas. Y siempre es preferible hacerlo antes de que nos impacte la siguiente. Fuente: Revista Portfolio, octubre – noviembre 2011
http://ciu.org.uy/novedades_ampliar.php?index=2463&pagact=1
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